Los Troncoso somos una familia de Rosario, Argentina. Para ser más precisos, del barrio de Alberdi, a pocas cuadras de La Florida. Tenemos una casa vieja, con dos gatos y ningún perro. Aunque es una zona residencial (muy chic, como quien dice) nosotros somos una familia de clase media que no puede darse grandes lujos. Tampoco nos falta nada, porque más o menos nos la rebuscamos. O así era hasta que yo me separé, perdí el trabajo y me tuve que venir a vivir con mis viejos. Y encima, en vez de buscar laburo, abrí un blog para contar las intimidades de mi familia. Como se imaginarán, no soy el más querido en este momento. Salvo por los vecinos. Están encantados porque ya no les hace falta ir hasta la verdulería a chusmear: lo tienen todo en internet.
Amalia: mi vieja.

Una buena mujer, si no tomamos en cuenta los ataques de furia cuando le pisan el parqué recién encerado sin los patines o encuentra la toalla hecha un bollo. O cuando encuentra una botella vacía en la heladera. O, prácticamente, cada vez que mi viejo abre la boca. Aunque tiene buena mano para la cocina, de vez en cuando le agarra alguna de sus obsesiones pasajeras y, por ejemplo, nos pasamos dos semanas comiendo tortas de arroz, brotes de soja y semillas de lino, como si fuéramos pajaritos. Supongo que ese es uno de sus rasgos fundamentales: su fanatismo por las tendencias new age, el naturalismo o cualquier cosa que le llame la atención en las revistas de la peluquería y su obstinación en tratar de imponerlas en casa.
Mario: mi viejo.

Es bancario y le faltan cuatro años para jubilarse. Sabe que a esta edad ya no puede aspirar a mucho más y todos los días vuelve puteando porque no se aguanta a su jefe, porque el bondi viene hasta el moño y porque le duelen los huesos, las articulaciones y hasta las pelotas, de tan infladas que las tiene. Me parece que está harto y no ve la hora de jubilarse. Se jacta de pasarse todo el día rascándose las bolas: su mayor ocupación en el trabajo es entrar en los foros de discusión de los diarios on line y buscarle camorra a los demás foristas, para saturar la página con comentarios soeces. En un cuartito tiene colgada, en un marco, una nota de La Capital del día que tuvieron que cerrar el foro; ahora va por el de Infobae.
Federico: mi hermano menor.

No nos parecemos en nada. Y no me refiero al aspecto físico sino a que tenemos personalidades diametralmente opuestas. Es espontáneo, desinhibido, locuaz y no le tiene miedo al ridículo. O ya se acostumbró. Sus premisas principales en la vida son dos: alcanzar el éxito con el menor esfuerzo posible, y evitar, por cualquier medio, el trabajo en relación de dependencia. Creo que los años de escucharlo a papá renegando de su jefe y de su trabajo lo fueron marcando, y con sólo pensar en un laburo de esas características sufre temblores, sudor frío y picos de fiebre. Desde hace años está buscando una actividad que le sirva de salvación y para ello ha probado (y sigue probando) toda clase de emprendimientos, desde la imitación de cualquier fórmula de probado éxito hasta las más estrafalarias ocurrencias. Todo eso, claro, cuando no está demasiado fumado como para hacer cualquier cosa.
Bárbara: mi hermana.

La más chica de la familia. No sabe quién es ni lo que quiere (en eso se parece un poco a mí). Estudia teatro, hace terapia y consulta toda clase de horóscopos y artes adivinatorias, por lo que a veces actúa según lo que sugiere su profesora de teatro, otras según lo que dice su analista y otras según los resultados del I-ching, del tarot o del horóscopo azteca. Cuando se olvida de todo eso y actúa según se le cantan las pelotas, no es tan boluda. El resto del tiempo, es para pegarle un tiro. Mis amigos piensan parecido: creen que está para matarla.
Pablo: este soy yo.

Mi nombre es Pablo Troncoso y tengo 35 años. Estoy separado y sin un mango. De chico siempre me gustó escribir pero abandoné ese sueño para seguir una carrera y una mujer. Dejé la carrera y perdí a la mujer, o también pudo ser al revés. Con todo mi fracaso a cuestas, volví a la casa de mis viejos. Pero me están volviendo loco. Un amigo me recomendó que viera a un psicólogo o que abriera un blog, pero que dejara de hincharle las pelotas con mis problemas con los Troncoso. Ahora me dedico a subir a internet anécdotas, pensamientos o escenas de mi vida familiar, como una especie de terapia. Hasta ahora, no da resultado: todos siguen igual de locos.